Comparte | 
 
Opciones del foro:

Compártelo con sólo un clic con tus amigos en  Compartir en facebook   y en  Compartir en twitter

 

 EL BETIS DE LA MEMORIA, DE MANOLO RODRIGUEZ

Ver el tema anterior Ver el tema siguiente Ir abajo 
AutorMensaje
J.BERCIANO
Admin
avatar

Mensajes : 1483
Fecha de inscripción : 16/12/2009
Edad : 53
Localización : CIUDAD DEL BETIS

MensajeTema: EL BETIS DE LA MEMORIA, DE MANOLO RODRIGUEZ   Mar 13 Dic 2011, 13:45

El relato de esta semana corresponde al libro Relatos en verdiblanco, editado en 2007 con motivo del centenario del Real Betis Balompié. En esta ocasión el periodista sevillano Manolo Rodríguez nos deleita con esta magnífica evocación de la Historia del Real Betis Balompié, pero una historia vista desde el sentimiento personal y el recuerdo de la memoria “hecha de todo eso que no alcanzó a ver, pero que le contaron”.
Disfrutad con esta deliciosa evocación personal de nuestro pasado.
El Betis de la memoria
Lo encontró en un viejo libro de tapas gastadas. Un tomo imponente de color azul, que en la portada tenía silueteado en oro a un futbolista golpeando un balón de aquellos antiguos cosidos a mano.
Me lo mostró. Se trataba de un anuario de la Delegación Nacional de Deportes que, al principio de todo, traía una foto de su presidente, el General Moscardó.
Aquel que pasara a la posteridad por su heroico comportamiento en el Alcázar de Toledo, y al que en el Betis le estaban agradecidos porque fue el que le dio la razón al club cuando en 1946 sobrevino el agónico pleito por Antúnez.
En el libro, vencido ya por los años y por la curiosidad de las manos que lo habían abierto, se contaba la historia del fútbol español hasta 1950. Se daba cuenta de los partidos jugados por la selección, se detallaban todos los campeonatos de Liga y de Copa que se llevaban disputados hasta entonces y hasta se publicaban los nombres de todos los árbitros de las categorías internacionales.
Pero, además, venía la historia, uno por uno, de todos los clubes de España. Buscó las páginas que hablaban del Betis y repasó con la mirada las fotos que ilustran el reportaje. Nada que no hubiera visto antes: la del equipo campeón de Liga, una de Peral de cuerpo entero y la de Heliópolis inundado en la riada de 1947.
Por fin, más abajo, casi en un rincón, leyó la frase que escribiera en 1935 un periodista madrileño que firmaba como Rienzi. Una frase que decía que “el aire del Betis es cálido, vehemente y combativo. El Betis, señores, es lo más sevillano que hay en Sevilla”.
Y al pensar en la ciudad que era la suya y en el Betis que le habían enseñado sus mayores, al evocar lo ocurrido en aquella temporada en que los verdiblancos ganaron la Liga luchando contra todos, al oír tantas voces y tantos ecos, al reencontrarse de nuevo con la historia y con los sentimientos, llegó a la conclusión de que había vivido mucho Betis, pero que su memoria también estaba hecha de todo eso que no alcanzó a ver, pero que le contaron. En suma, de todas esas verdades mitológicas fabricadas a base de palabras que habían levantado su universo verdiblanco.

Entonces, se vio sentado en presencia de Federico Cazorla, el que fuera tesorero de la Junta Directiva que presidió Ignacio Sánchez Mejías cuando Sevilla desembocaba en la tercera década del siglo pasado.
Ya hace años de esto. Casi veinte, se dijo. Federico Cazorla, era un venerable anciano que intentaba atrapar con los recuerdos el tiempo que ya no volvería jamás y en aquella entrevista le explicó mejor que nadie a qué olía el Patronato, cómo se escuchaba el murmullo del gentío rebotando contra la pared del Frontón y de cómo Timimi le gritó a Zamora por dónde iba a ir el balón que acabó derrotando al Real Madrid aquella tarde de febrero de 1935. Aquella en que se agotaron las entradas y, en la que al decir de los periódicos, “se provocó una animación en la ciudad sólo comparable a los días grandes de la Semana Santa y de la Feria”.
Una cosa trajo a la otra y se le vino a la cabeza la voz profunda de Manolo Simó, otro bético legendario, contando con una pasión que desbordaba sus aires de gentleman los tiempos fundacionales y la ilusión con que Papa Jones captaba en el Prado a las futuras figuras del Balompié.
De nuevo, oyó con los ojos cerrados el relato extraordinario sobre la final de Copa de 1931 y de cómo la lluvia arrasó las esperanzas verdiblancas, mientras que el joven Simó y sus amigos se cobijaban en un trozo de hule amarillo que les había cedido el taxista que los llevó a Chamartín.
Después, la guerra. La llegada de los italianos a Heliópolis, el bombardeo en la Plaza Nueva que destrozó la secretaría, la amistad de los niños del barrio con aquellos soldados de camisas negras, el horror en suma de ver que la sangre llamaba a la sangre y que por el camino se quedaban los sueños que se habían alimentado cuando el Betis era un equipo campeón.
Todo eso se lo explicó Juan Petralanda en una sola frase. Apenas siete palabras que retrataban la caída a los infiernos de la Tercera División.
Lo dijo, lo recuerda muy bien: “En aquellos años éramos menos que nada”.
Un sentimiento unánime entre todos los que sobrevivieron a la travesía del desierto y que más tarde, como le ocurrió al propio Petralanda, tuvieron la satisfacción de ser dirigentes de un Betis recién amanecido.
Pero por medio hubo muchas cosas. A veces, lee viejos recortes de periódico y recuerda cómo le contaron el principio de la reconquista. Una vez le dijo Alberto Tenorio, felizmente vivo para homenaje permanente de los béticos con memoria, que el hombre providencial para levantar las banderas fue Pepe Valera, Mister Valera, como lo llamaba Alberto entre su universo de baúles y camisetas.
Pepe Valera había jugado con los campeones del 35 y en 1948 volvió a Heliópolis con su uniforme de capitán y su manual de guerrilla. Organizó los escalafones técnicos, le devolvió a los chavales el orgullo por jugar en el Betis y tuvo un buen ojo de rodearse de béticos tan ejemplares, y tan sabios, como Pedro Buenaventura, a quien fue a buscar un día y le dijo:
- ¿Tú cuánto cobras en el equipo que está entrenando?
- Yo, nada, respondió Pedro
- Pues por el mismo dinero te vienes a trabajar en el Betis.

Y así pudo salir el sol de nuevo. Piensa ahora lo mucho que le hubiera gustado conocer a Pascual Aparicio, mecenas en tiempos de hambre, y a Manuel Ruiz, el presidente de Coria, que una vez le contaron que llegó a enfermar por el Betis.
No los conoció. Ni a ellos ni a Andrés Aranda, que lo fue todo en el club. Tanto que hasta murió en acto de servicio como entrenador del Betis en una concentración en Aracena. Un mártir.
Vicente Montiel, “manos mágicas”, también desaparecido, y llorado, fue el primero en atenderlo aquella cruel noche de marzo de 1965 y quien se vio en la obligación de decirle a los empleados del hotel que antes de llamar al médico llamaran a un cura.
Mucho antes, según le contaron, se había vivido la primera gran marcha verde de la que da cuenta la historia. Aquella a Utrera de 1954, cuando un equipo de vascos, siempre los vascos, como en el 35, redimió los pecados capitales devolviendo al equipo a Segunda División.
Para aquel ascenso fue decisiva la aportación de Sabino Barinaga, un ex jugador del Madrid, que había sido grande entre los grandes y que vino a Heliópolis cuando su vida deportiva empezaba a palidecer.

Y cientos de veces ha oído que el día que entrenó por primera vez con su nuevo equipo entró en el vestuario para saludarle el Capitán General Sáenz de Buruaga, quizá la primera figura institucional que le prestó su auxilio al Betis aquellos años en que todos los poderes preferían sentarse en otros palcos.
No le resultaba difícil imaginar cómo debía mandar en la España de entonces un Capitán General, máxime si, como ocurría con Sáenz de Buruaga, se trataba de un hombre próximo a Franco y laureado vencedor de la batalla del Jarama.
El General entró en la caseta con sus botas caladas, habló un momento con el entrenador Gómez, fue dándole la mano uno por uno a los futbolistas y al llegar a Barinaga, éste se levantó del banco, se cuadró vestido de futbolista, y llevándose la mano a la cabeza con saludo marcial le dijo:
- Mi General, aquí hemos venido a subir al Betis.
Aquella vuelta a la civilización permitió que el genial dibujante Andrés Martínez de León pudiera decir que “El Betis fue mil veces alanceado, pero nunca muerto”. O que el poeta Moreno Galvache escribiera más tarde “que el Betis siempre resucita de todas sus muertes”.
Todo eso lo leía ahora en libros cansados que seguramente irán recobrando vida cuando la celebración del centenario obligue al rescate de la mejor historia. Esa que habla de perdedores, de dignidad, de “Manque pierda”, de heroicos militantes que abandonaban el estadio, Palmera arriba, esperando que amaneciera un lunes que no sería mejor que el de la semana anterior.
Después vino Del Sol. ¡Luis del Sol¡. El ídolo de su padre, al que él vio con la camiseta del Betis, pero ya de vuelta, en 1972.
Cuánto le contaron de Del Sol. De cómo era cuando tenía la pelota en los pies, de ese corazón que no le cabía entre las trece barras, de aquel incidente con el brasileño al que fue a darle con el palo del banderín de corner, de aquel larguero roto una tarde que golearon al Extremadura…
Él había visto muchas veces las fotos de Del Sol. Aquella abrazándose a Juan Arza el día del “pizjuanazo”; con la camiseta blanca del Madrid al lado de Di Stéfano; con el brazalete de capitán de la “Vecchia Signora”.
De cómo decían los periódicos que había llegado a Sevilla para pasar sus vacaciones, de las imágenes en blanco y negro en las que se le veía jugando con la selección.
Luis Del Sol. Conservado en plena juventud en aquellas entradas que se guardaban en su casa, fotografiado en recortes amarillentos que contaban su traspaso.
Un día, sentados en un velador de la calle Reyes Católicos, Del Sol le contó que su llegada a Turín estuvo marcada por la nostalgia. Por la distancia de hallarse tan lejos de todo lo conocido.
Y aunque ya era un ídolo del Comunale, a veces se asomaba a la terraza de su casa y se le llenaban los ojos de recuerdos. Una de esas tardes su hijo, eufórico, vino a hablarle de lo mucho que lo querían y de lo muy feliz que estaba de que fueran de la Juventus.
Y Del Sol precisó:
- Nosotros jugamos en la Juventus, pero de lo que somos es del Betis. Siempre del Betis.
Del ascenso de 1958 tiene cumplida memoria. Según cuenta, fueron días grandes en su casa. Y en la de todos los béticos. Otra vez la Primera División después de haber pasado tanto. Guarda como oro en paño la entrada del partido contra el Jerez y más de una vez ha hojeado el libro de César del Arco en el que aparece Benito Villamarín en la portada ondeando la bandera desde el palco presidencial. Un palco revestido con una tela verdiblanca en la que destaca sobre el rayado el escudo antiguo, aquel que remataba la corona sobre un triángulo, y que más tarde se modificaría a propuesta del recordado José María de la Concha.
Y al pensar en esto, busca entre sus papeles otra foto que también le impresionó vivamente la primera vez que la tuvo delante. Se ve el palco de la Maestranza y también está envuelto en la bandera del Betis. Sabe la fecha y conoce el motivo. Fue el viernes 26 de Diciembre de 1958. La tarde en que, a las cuatro menos cuarto, sonaron los clarines para que se iniciara el festival taurino organizado con motivo de las Bodas de Oro del club.
Cuarenta pesetas costaron las entradas de sombra, veinte las de sol, que se llenaron hasta arriba, y la gente disfrutó viendo torear a Antonio Ordóñez y a lo mejor del escalafón en aquélla época.
Unos días antes, en el hotel Alfonso XIII, se había celebrado la recepción a las autoridades e invitados con motivo de tan significativa efemérides y en el transcurso de la misma Benito Villamarín ofreció un brindis por todos los béticos que desde los tiempos pioneros habían hecho posible la vida del club y tuvo un recuerdo para los sevillanos, muchos de ello béticos, que se habían visto castigados por las inundaciones que también ese invierno, como casi todos, sembraron la desolación en las zonas más humildes.
En ese mismo acto el Presidente de la Comisión Organizadora de las Bodas de Oro, Adolfo Cuellar, pidió una amnistía para todos los jugadores y clubes españoles que se hallaban penalizados, y esto lo llevó a pensar en la generosidad de unos dirigentes que se mantenían fieles a la tradición progresista y de vanguardia que siempre fue consustancial con el Betis. El equipo de las clases populares, como lo habían llamado siempre. El Betis del pueblo, al decir de su admirado Alfonso Jaramillo.
Por eso, volvió a evocar aquel atardecer en San Pedro que tuvo frente a frente la verdad que representaba Federico Cazorla. Le preguntó que era ser bético y el lugarteniente de Sánchez Mejías, aquel que tanto supiera de los misterios verdiblancos, le respondió:
- Ser bético es no poder entender cómo el resto del mundo no lo es.

En ocasiones ha querido rescatar algún recuerdo decisivo del Carranza ganado en 1964, pero no lo encuentra. Apenas una vaguedad sobre lo que contaba la radio la tarde en que derrotaron al Boca Juniors.
Entonces, despliega sobre la mesa el suplemento que publicó el Diario de Cádiz la víspera del trofeo. Está fechado el 29 de Agosto y ahí, en sus páginas amarillentas, se puede leer que el Betis es “ el club más popular de Andalucía”. Viene una foto del estadio iluminado y otra de Benito Villamarín con una corbata a rayas, posiblemente verdiblanca.

Ha podido oír, conservado en cinta magnetofónica, el discurso de Villamarín desde el balcón del Ayuntamiento cuando la Copa llegó a Sevilla y sus palabras, firmes y solemnes, le han llevado siempre a recordar la noticia de su muerte.
Él y su familia estaban fuera de Sevilla aquel agosto mediado de 1966. Su padre llegó con el periódico y exclamó, como para el vacío, como para todos y para nadie: “Se ha muerto Villamarín”.
Aquello, según afirma, no lo olvidará nunca. La impresión que la noticia causó en su padre. La consternación que se desprendía de sus palabras. La premonición, como realmente ocurriría, de que se había cerrado una época.

A partir de ahí ya tuvo al Betis delante de sus ojos. El sol rotundo cayendo sobre la tribuna de fondo de Heliópolis; el carnet picado en la puerta; el cartelón de Taysa en amarillo y azul a su espalda; los equipos saliendo al campo por las esquinas de preferencia; las viseras para el sol; el marcador simultáneo y el recorte del periódico en el bolsillo; los pictolines; el “mini” dándole la vuelta al rectángulo de juego; la publicidad machacona de la megafonía; las medias de rayas horizontales; los balones verdiblancos; la vieja almohadilla heredada con el escudo en primer plano; las miradas perdidas al Instituto de la Grasa cuando lo que ocurría en la hierba dolía más que alegraba; el marcador manual; tanto orgullo a pesar de que los rivales fueran el Onteniente, el Moscardó o el Langreo…

Y Rogelio. Como principio y final de los amores y los desamores. Como ídolo y como culpable. Rogelio. Tan erguido, tan capaz, tan dueño de sus actos, tan genial y tan ausente, tan decisivo y tan intrascendente.
Él lo recuerda, sobre todo, remangándose la camiseta por encima del codo, dando órdenes, incendiando el estadio con algún regate, protestándole a los árbitros con la vehemencia que sólo le está permitida a los elegidos, colocando el balón con mimo para lanzar una falta ó un córner; escenificando al Betis, siendo en cada ademán como es el Betis: distinto e imprevisible.
Rogelio siempre llevó a cuestas el sambenito de ser capaz de lo mejor y de lo peor. Por eso, leyó un día que Antonio Barrios, en Mallorca, antes de un partido decisivo, lo cogió por el brazo a la salida del vestuario y le dijo: “Rogelio corre hoy, por lo menos hoy”. Y el Betis ganó.
A él Rogelio siempre le pareció un sabio. Un tipo tan seguro que sus sentencias eran ley. Ley del fútbol y de la palabra. Se le atribuye aquello de que “correr es de cobardes” y de que “la cabeza es para ponerse el sombrero”. Una vez lo acusaron de no pisar el área por miedo a los defensas y replicó como un rayo: “eso no es verdad, porque el único sitio del campo donde no te pegan patadas es en área. Porque si te las dan, es penalti”.
Estas cosas justificaron que le diera tanta alegría cuando lo vio aquella noche de junio con la Copa del Rey en alto. A hombros de sus compañeros, como tenía que ser. Aún con el pantalón verde del chándal puesto, loco de contento, consciente de que la historia le había hecho justicia y se iba a ir del fútbol por la puerta grande de los ganadores.
Como quedó inmortalizado en aquella foto de Manolo Ruesga tomada en Cádiz la temporada siguiente en la que se le ve con el balón en los pies, suspendido en el tiempo, mientras que enhiesto y señorial, Rogelio mira al frente completamente desatendido de la pelota. Como si no le hiciera falta ver el esférico para saber que estaba ahí, a su merced, sometido, y presto a ser enviado con su zurda de caoba a aquel que estuviera en mejores condiciones de recibirlo.
De la final de Copa de 1977 ha conocido mil historias y mil anécdotas. Supo pasados los años que el árbitro del encuentro, García Carrión, quiso que el Betis se hubiera vestido de verde completo y no con sus camisetas de las trece barras. En esa controversia estaban cuando entró en la caseta Felipe González. Se organizó un revuelo que duró unos minutos, lo que aprovechó Alberto Tenorio para proveer a los futbolistas de las camisetas de siempre. Enseguida llamó el árbitro para salir al campo porque estaba entrando el Rey. Y ya no hubo tiempo para rectificar.
Conoció también el terrible sufrimiento de Pepe Núñez en el palco, y de cómo un hombre tan discreto, tan señor, tan cabal, sacó a relucir su casta bética cuando oyó en los prolegómenos al presidente del Athletic dar por hecho que iban a ganar el partido.
- Te doy un 50% de posibilidades, ni una más, le espetó, sin perder las formas, a su colega.

Con los mitos convive muy a menudo. Las circunstancias han querido que sean sus amigos y bien que lo agradece. Siempre le ha parecido que aquellos no solo fueron futbolistas extraordinarios, sino que son como jugaban: hombres de una pieza, que cuando dan la mano empeñan su palabra. Gente de bien.
Cardeñosa, ese prodigioso “Flaco” al que un día Heliópolis le entregó el tratamiento de Don Julio, le contó que le pegó al suelo al tirar el penalti que falló, pero que no quiso siquiera cojear, aunque estaba viendo las estrellas, porque podía parecer una disculpa y él no quería dar la imagen de que estaba buscando excusas.
Así eran. Y así son.
Nada más y nada menos que los ganadores de la primera Copa del Rey. Los que tanto celebraron la segunda, la del 2005, y los que tanto lamentaron que veinte años después de su gesta al Betis se le fuera viva la final del Bernabéu contra el Barcelona. Aquella que tan amargamente lloró Alfonso Pérez.
Esa generación de los Esnaola, Bizcocho, Biosca, López, Alabanda, Cardeñosa, García Soriano, Benítez, Del Pozo, etc, fue un acontecimiento.
Él recuerda la llegada del Milán y, sobre todo, ha vuelto a releer hace poco las declaraciones del entrenador rossonero Nils Liedholm, quien en los campos de San Juan de Dios, que era donde entrenaron los italianos durante su estancia en Sevilla, dijo que “López, Alabanda y Cardeñosa forman el mejor centro del campo de Europa”.
Y entre sonrisas, se le viene a la cabeza la desesperación de Iriondo cuando, desahuciada la expedición bética en Rusia, no tuvo otra ocurrencia que pedir a voz en grito “que quería hablar con Breznev”.
Iriondo fue el entrenador que hizo debutar en el Betis a Rafael Gordillo y esa pléyade de futbolistas fue la que lo prohijó. Viendo vídeos antiguos, observa cómo Cardeñosa recibe el balón en el centro del terreno y, sin mirar siquiera, pone el balón en la banda izquierda. A la espalda de los defensas y siempre en ventaja. Y entonces, allí, aparece un vendaval de medias caídas que corre, desborda, y saca un centro templado desde la línea de fondo.
Así, mil veces en un partido. Un millón de veces en la temporada. Cada vez que el balón va al hueco, allá va Gordillo.
Y él, recordando, se contagia del rumor del estadio, del clamor, de la admiración, de la comunión que nunca faltó entre la grada y Gordillo.
Sencillamente un prodigio que, además, fue de los pocos futbolistas que siempre pareció lo que era. El mismo muchacho del Polígono que repartía entre sus iguales, que habla sin afectación, que no trasladaba al papel la grandeza de su esfuerzo.
Una vez le preguntaron a Cardeñosa si él con sus pases medidos había hecho a Gordillo y el “Flaco” contestó: “No, yo no lo hice, Gordillo ya lo era”.
Fue, sin duda, un grande. Tanto que ya ha tenido la oportunidad de contarle a sus hijos cómo fue el recibimiento del “Gordo” la primera vez que pisó Heliópolis con la camiseta del Madrid. Había gente hasta en las escaleras y la ovación fue imponente cuando el Real salió al campo vestido de morado. Pero lo mejor estaba por llegar.
Calentaba cada equipo en su terreno cuando Antolín Ortega cruzó el círculo central
y se trajo a Gordillo cogido por la cintura adonde estaban sus antiguos compañeros. Y lo metieron entre ellos para hacerse la foto. El estadio enloqueció.
Como lo hizo diez años más tarde con ocasión de su homenaje. Esa vuelta de honor está grabada en la memoria de todos los béticos de corazón limpio. Eran días felices. El Betis venía de haberse clasificado para la UEFA ganando precisamente en el Bernabéu.

Por cierto, que hablando de homenajes, abre un sobre lleno de carnets y de entradas antiguas y repasa los homenajes que recuerda haber visto: el de Eusebio Ríos en 1968 contra el Estudiantes de la Plata; el de Rogelio en 1974 contra el Wisla de Cracovia; el de Telechía en 1975 contra la Vojvodina; el de Esnaola en el 83 contra la Real Sociedad; el de Cardeñosa en el 85 contra el Puebla de México…
Y el partido contra el Cosmos de Nueva York que inauguró las obras del estadio para el Mundial, y el duelo contra los Pumas de México en el 75 aniversario, y, cuando aún era muy niño, hasta el homenaje al viejo Adolfito, jugador de leyenda y utillero durante muchos años, que enfrentó al Betis contra una selección de extranjeros del fútbol español, en la que se alinearon, entre otros, Viberti y Dominicchi.

Recuerdos, muchos de ellos ya pálidos, como la evocación de aquel singular verano de 1959 en que jugaron en el campo del Betis dos formidables escuadras brasileñas como el Vasco de Gama y el Santos, esta última con Pelé en sus filas. Lástima que aquel partido contra “O Rei” no lo pudiera jugar Luis del Sol, que hubo de acudir a una convocatoria de la selección B en San Sebastián.
Dos amistosos que, como el anteriormente jugado contra el Sporting de Lisboa, sirvieron para inaugurar la iluminación eléctrica del Villamarín.
Aquella visita de Pelé que, según le contaron muchas veces, fue un suceso espectacular, lo ha llevado, casi sin querer, a poner en pie la primera vez que jugó Cruyff en Heliópolis, aquel 1-0 con gol de Biosca casi al final, ó la noche de miércoles en que Maradona vino con el Barcelona, o el 5-0 al Bayern Munich de Beckenbauer en un Colombino, o el golazo que le marcó Zico a Esnaola en la final de un Carranza…

En fin, el Betis de la memoria y de los recuerdos. Historias que siempre empiezan en verde y acaban en blanco. Al final de la Palmera como dice el himno del centenario.
A partir de un cierto momento, según me confiesa, todo se le hace presente. Demasiado presente. Sometido aún al debate de la coyuntura. Sin distancia para convertirlo en el material precioso que vaya a enriquecer el joyero de lo vivido.
Por ahí está todavía, para bien ó para mal, por el limbo de lo que fue y aún uno piensa que pudo no haber sido, o que quizás pudo haber sido de otro modo, el “Betis, Betis” que sale de las entrañas del estadio tras perder la promoción contra el Tenerife.
Y la lluvia fina que cala los corazones tras acabar con empate a cero el partido de promoción contra el Deportivo de La Coruña.
Y la llegada de Lopera aquel 30 de junio eterno.
Y el ascenso de Burgos, con Gordillo otra vez vestido de verdiblanco, con Lorenzo Serra haciendo el milagro en doce jornadas, con Santa Justa atestada por el gentío, con Lopera desde el balcón del estadio prometiendo un Betis nuevo, de los béticos.
Y Kaiserlautern. Y Alfonso haciendo magia. Y Finidi. Y los días de vino y rosas, cuando el Betis parecía rico y poderoso.
Y la final de Copa del 97, y el comienzo de las obras del estadio, “el platillo volante”, que lo llamaron, y Aragonés, y la Recopa, y Denilson, y Clemente y Griguol, y otra vez el abismo de lo que nunca se pensó que sucedería.
Y el ascenso. Y las tribunas nuevas, imponentes, de Gol Norte y Fondo, y los años planos, a pesar de las ilusiones.

Y la vuelta feliz de Lorenzo Serra. Y el cielo de la Copa y de la Champions. El máximo orgullo para honrar a todos esos que en diversos momentos se asoman a estas páginas. Todos esos que hicieron el Betis día a día desde 1907 y que nunca jamás hubieran soñado siquiera con ver a ese equipo que tanto quisieron en la competición más grande. Ganándole al Chelsea, empatando en el campo del Liverpool.

Todo eso, me recuerda una vez más, está demasiado reciente y aún no ha superado el tribunal del tiempo. Aún es actualidad, no recuerdo.
Pero lo que sí tienen en común, me explica, el ayer y el hoy es la raíz que los nutre, el sentimiento que les da forma. Porque entonces y ahora el Betis es el Betis, siempre el Betis, por encima de las personas y de las circunstancias.
El Betis profundo, universal y eterno que no es menos porque pierda ni más porque gane. El Betis que va encadenando generaciones porque su ser natural trasciende las hojas del calendario hasta convertirse en una pasión. La simple pasión de ser del Betis.
Por eso, durante un siglo, ha sido capaz de sobrevivir al resultado del domingo, a la clasificación de la temporada, a la categoría en la que milite, a las decisiones de sus dirigentes, a la inquina de sus detractores y a la maldad de sus enemigos.
Con todo eso han podido los béticos. Porque no hay cañones bastantes para abatir una idea. Porque cuando caiga el que agita la bandera siempre habrá otro que la enarbole. Quizá por lo que Joaquín Romero Murube confesó su beticismo: por “romanticismo, tesón y sevillanía”.

- Mira, me dice, hace unos años, en una asamblea, un socio proclamó que el Betis era un pensamiento filosófico-político-religioso. Y el entonces presidente Juan Mauduit, mirándolo con socarronería, le replicó: “¿nada más?”.

En definitiva, algo que tiene difícil explicación. Como todos los misterios. Por ello, prefirió volver sus recuerdos a aquella tarde de febrero en que habló durante más de una hora con Federico Cazorla, el que fuera directivo con Sánchez mejías.

- Me dijo que con el Betis no puede nadie. Que al Betis lo único que hay que hacer es quererlo.

Después cerró el viejo libro de tapas gastadas, lo colocó en la estantería, y, como para él, paladeó cada una de sus palabras:

- Lo más sevillano que hay en Sevilla…

FUENTE: http://www.manquepierda.com/historiarealbetis/files/2011/09/1933-12-27-Recibimiento-triunfal-al-equipo.jpg

Volver arriba Ir abajo
Ver perfil de usuario
betiko carbayon
Peñista
avatar

Mensajes : 1045
Fecha de inscripción : 19/12/2009
Localización : oviedo-asturias

MensajeTema: Re: EL BETIS DE LA MEMORIA, DE MANOLO RODRIGUEZ   Mar 13 Dic 2011, 18:15


Casi que duermo la siesta primero....
Volver arriba Ir abajo
Ver perfil de usuario
J.BERCIANO
Admin
avatar

Mensajes : 1483
Fecha de inscripción : 16/12/2009
Edad : 53
Localización : CIUDAD DEL BETIS

MensajeTema: Re: EL BETIS DE LA MEMORIA, DE MANOLO RODRIGUEZ   Mar 13 Dic 2011, 21:12

jejejeje....se que es un "tochaco" Isi, pero merece la pena leer la historia del Betis de la mano de la memoria del genial Manolo Rodriguez, singularizada en frases que pasaron a la historia del Beticismo....como la contestación de Maudit a un socio en una Asamblea, o cuando le preguntaron a Federico Cazorla que era ser betico y este dijo: "Ser bético es no poder entender cómo el resto del mundo no lo es"... y otras más, en fin merece la pena el tocho...El Betis , lo más sevillano que hay en Sevilla.
Cuando terminas de leerlo (al menos a mi me lo pareció), se hace hasta corto.
Volver arriba Ir abajo
Ver perfil de usuario
betico71
Peñista
avatar

Mensajes : 118
Fecha de inscripción : 05/02/2010
Edad : 46
Localización : Estepa

MensajeTema: Re: EL BETIS DE LA MEMORIA, DE MANOLO RODRIGUEZ   Mar 13 Dic 2011, 21:57

Es un tochaco,pero cada parrafo te pone los bellos de punta
Volver arriba Ir abajo
Ver perfil de usuario
Contenido patrocinado




MensajeTema: Re: EL BETIS DE LA MEMORIA, DE MANOLO RODRIGUEZ   

Volver arriba Ir abajo
 

EL BETIS DE LA MEMORIA, DE MANOLO RODRIGUEZ

Ver el tema anterior Ver el tema siguiente Volver arriba 
Página 1 de 1.

Permisos de este foro:No puedes responder a temas en este foro.
Peña Bética 15-J :: REAL BETIS BALOMPIÉ :: El Beticismo-
Cambiar a: